Habitualmente la forma del mundo es rectangular, que es la del cuadro, la del marco que lo limita.

Dentro de ella cabe la insinuación de todas las formas, materiales, animales, humanos, divinas y, sobre todo, musicales. Todo contiene el cuadro.

Pintura hecha de colores que suenan, las curvas acentúan lo rectilíneo del espacio con las notas tenues que imitan “ la natural modulación del bajo”. Son frecuentes pero no son definitorias. Yo diría que  casi son las percusiones en la orquesta de Dalia Monroy.

Lo figurativo se asoma, fragmentado, invariablemente naíf, ahogado en la precisa marejada de las abstracciones.

Me conmueve el énfasis de la abstracción de Dalia Monroy. La vida para ella es un tumultuoso mosaico de colores, diseñado con pulcritud; es encontronazo musical; sólo un testimonio de que el ser humano anda por ahí, metido entre morados y naranjas y azules y rojos y amarillos – lo más principal del universo-, ensordeciéndose en la estridente gracia de un danzón.

Ricardo Garibay
Muestra Contradanza y son, Museo del Palacio de Bellas Artes