DE LA VIBRACIÓN ATMOSFERICA A LA PINTURA OBJETO
1985 está resultando para Dalia Monroy un año decisivo por la variedad e intensidad de sus vivencias como ser humano y como artista; año de fecundidad y de cambio. En enero de este año, tras concluir estudios de posgrado en la Facultad de Bellas Artes de Belgrado, Yugoslavia, presento en la galería de esa facultad una exhibición de sus pinturas catalogables todavía en el aformalismo , tendencia a la cual se adscribió hace un decenio, convencida de que textura, colores y signos daban oportunidad al logro de las mejores tensiones expresivas. Sobre el color construido como materia terrosa o cerámica agregaba el ritmo sincopado de caligrafías y esgrafiados.
Ya en México, en junio, nació su hijita; Dalia vive por primera vez la experiencia de la maternidad. Pero es deliciosa plenitud se vio interferida por un compromiso pendiente al que deseaba y moralmente necesitaba dar cumplimiento: desde su regreso había solicitado hacer una presentación en la galería José Guadalupe Posada. La fecha se había fijado: agosto. Para no desaprovechas la oportunidad había de trabajar intensamente, y así lo hizo, presionada, además, por una necesidad espiritual de cambio.
Desde finales de los setenta se había metido voluntaria en el laberinto del pintor catalán Antoni Tapies. La influencia había sido benéfica, pero debía librarse de ella y dejar fluir su propio temperamento. En Belgrado vislumbró la salida, aunque solo los nuevos productos del trabajo le darían la confirmación.
El temperamento de Dalia Monroy, como lo prueba su obra más reciente, está más cerca de la estructura construida, si bien esa estructura no responda al rigor geométrico ni a la ortodoxia del neoplasticismo. Persisten las resonancias psíquicas, las meditaciones en acto en torno a lo sensorial y la invención plástica en superficies bidimensionales. Lo nuevo más maduro y más artístico, ésta constituido por resonancias de la memoria. Lo percibido – paisajes, seres, arquitecturas- queda esencializado en formas poseedoras de ciertas sustancias tangencialmente reales.
Eso en la pintura sobre papel, porque en esta exposición Dalia muestra, por primera vez, en maderas recortadas, superpuestas y pintadas, su adhesión al neoconstructivismo. Tras revisar lo hecho hace más de siete, seis o cinco décadas por el cubismo el dadaísmo o el neoplasticismo, se atrevió Monroy a romper con la regularidad del contorno rectangular, primero, y después con la continuidad interna de la superficie. No solo la escultura puede trabajar con el hueco y modular las formas de manera concreta en el espacio.
Para imponer una realidad diferente en tanto objeto, la pintura puede independezarse del marco regular y, a la vez, darle cierta autonomía a las formas que la integran anteriormente. En la pintura-objeto las partes del discurso visual asumen una especie de independencia relativa : se ha roto la continuidad del soporte, aunque los elementos, las partes, siguen lo suficientemente interrelacionadas como para conformar una unidad.
Para alcanzar un ritmo integrado, el tratamiento del color en la pintura-objeto debe de ser elaborado de manera diferente, sólo así la armonía dentro de la nueva estructura se vuelve verosímil. La función colorística debe responder a las necesidades del nuevo lenguaje plástico., uno de cuyos atributos sobresalientes es un ritmo de gran vitalidad, que en su geometría libre nada tiene de orgánico.
Al romper con parámetros tradicionales de la pintura (límites regulares, superficie del soporte tersa y continua) Dalia Monroy no invade los terrenos de la escultura. Son las suyas pinturas en relieve, pinturas-objeto. Con ellas amplía su campo de acción, enriquecido ya por los valores sutiles de sus trabajos en papel.
Raquel Tibol