Serie: Sonoridad imaginaria y cadenciosa
ENTRE LO REAL Y LO SAGRADO
En el trabajo de Dalia Monroy se puede apreciar una síntesis formal de elementos extraídos de la realidad que se convierten en formas geometrizantes compactadas en campos, los cuales hacen vibrantes y por los que rescatan el efecto de la luz y lo traduce en planos y gestos que bien podrían ser transcripciones abiertas de la emoción, creando así un lenguaje pictórico abstracto , intenso y austero, identificado con una influencia poética y pictórica de la modernidad latinoamericana, debidamente asimilada; una obra que se aleja de las corrientes efímeras de la moda para en la búsqueda de expresiones creativas y la especialización de un discurso plástico contundente.
Con una larga trayectoria claramente marcada por el informalismo, producto de la disolución de las formas a las que recurre en sus trabajos tempranos y con base a un intenso ejercicio plástico incuestionable por su fructífera producción, trasmuta las imágenes reconocibles en expresiones concretas y pulsionales de cromatismo, mediante un acto de liberación por el que niega la representación del objeto y busca la disolución del motivo anecdótico. Aunque la pintura parece totalmente abstracta en un primer momento, cada pieza posee una narrativa específica, lo que nos permite ver una pintura simbólica en lugar de términos puramente formales o abstractos.
Su obra se orienta hacia la indagación fascinante de lo maravilloso e inabarcable, en lo minucioso del detalle que puede construir una pincelada que es un acento lumínico. Así, la sustancia misteriosa, insondable del arte que se manifiesta en un lenguaje de gran expresión, constituyendo a la pintura en una amalgama perfecta de lo visible con lo sagrado.
Su paleta deriva de la reinterpretación de la luz, a través del fenómeno de refracción, por la que descompone en complementarios el impacto lumínico sobre la atmósfera, lo cual la induce a realizar composiciones sintácticas, geometrizantes y armónicas, en su espacialidad indeterminada, las cuales conforman la atmósfera de cada cuadro en composiciones disímiles; construcciones en ocasiones son surcadas por explosiones gestuales y espontáneas otorgan a la obra intensidad que rompe con lo estático.
Los planos de color renuncian de ser uniformes para crear a través de una suave pincelada, ritmos vibrantes que atrapan al espectador en un movimiento aparente; la disolución del mundo objetual deja que el color sea sinónimo de libertad para inéditas interpretaciones, abriendo así su mundo personal al espectador para diferentes e inusitadas lecturas diferenciadas.
Rafael Alonso Pérez y Pérez