Hay algo más
En la obra de Dalia Monroy, la pintura es cadencia y ritmo, es estridencia y suave aguijoneo, es reverberación, algarabía y misterio. Parece responder a lo que Toni Morrison afirmó de su novela Jazz: pretendía lograr la sensación que da la música, siempre hay algo más.
La pintura de Monroy nos confronta espacialmente, nos coloca en un doble juego. Somos espectadores del cuadro que cuelga en el muro, y participamos de la escena que en él ocurre. No del todo clara, no precisamente narrativa, una atmósfera de notas que flotan en el aire; nuestra languidez, nuestro cuerpo respondiendo a una trompeta, a una boca que se abre grande. Nada es claro del todo porque la sensación es lo que ocurre y nosotros somos cómplices de ella. Un pie afuera otro adentro, o una multiplicación de nosotros frente al cuadro y en él. Me exalta esa provocación, el desparpajo colorido contribuye a ese efecto verde limón o naranja morado. Es un efecto de luz, tropical y bullanguero que me mete piel adentro, me ofrece un pacto íntimo con el lenguaje de la música, no importa que tanta compañía me rodee en aquel recinto abierto o cerrado donde la escena es la música, pero la escena también soy yo que escucho y yo que miro el cuadro.
Uno y otro cuadro son fragmentos de una misma sensación, de una alegría musical, una lluvia de país de sol, un alma en el tendedero de las cuerdas del violín. Asisto al ritual, al templo de la música, al bailoteo del tacón. Chagall, Klimt, Tamayo, y no sé cuántos más, hablan al oído de la artista.
La pintura de Dalia Monroy es silenciosa en su sonoridad plástica. Es veladura y descubrimiento, es abandono y aquí estoy. Nos confirma que hay algo más, y nos condena apeteciblemente a mirar y remirar tras la superficie engañosa del lienzo.
Mónica Lavín