Serie: Sonoridad imaginaria y candenciosa

Música, fiesta y danza de las formas

A ritmo de son, la pintura de Dalia; Monroy establece una relación sinestésica con la música, que expresa en la alegría de los colores y las formas que nos entregan su sensualidad y la fuerza de sus ritmos, casi siempre en el primer plano de las composiciones.

Barrocas y vibrantes en su colorido múltiple.  En su mayoría, estas pinturas evocan  el México tropical, Caribe y costeño que habita en nuestro imaginario cultural, y que contrasta con el México del altiplano y tierra yerma que trasciende con otros elementos.

Esta obra encuentra parecidos de familia con de algunos cubanos clásicos de la modernidad, y con una vertiente de practicantes de la ‘geometría sensible’, pero al mismo tiempo, su originalidad es incuestionable. Para el filósofo Noel Carrol, en su teoría del arte por identificación, las obras de arte deben tener algún parecido de familia que las acredite y, a la vez, una originalidad clara que las distinga. Estas condiciones se cumplen a cabalidad en la pintura de Dalia Monroy, por lo ya dicho, pero también a propósito de sus aportaciones de la nueva figuración.

Esta tendencia combina elementos reconocibles de la realidad visual inmediata …  instrumentos musicales, cuerpos danzando… que no necesariamente siguen un patrón realista, con elementos propiamente pictóricos, asociables a la pintura abstracta. En esta tendencia se reconocen artistas cuya obra goza de una gran libertas, y cuyos planteamientos suele combinar también diferentes regímenes visuales.

Pero hacer legible esta libertad, esta creatividad que está más cerca de los  ..cronopios.. que de las .. famas .. { evoco el célebre relato de Julio Cortázar, otro apasionado de la música}, se requiere de composiciones muy ordenadas, como las que logra esta pintora, El dominio del oficio sustenta la explosión de la fiesta de la estridencia de los metales; los contrapuntos del bajo y la danza de las formas. Algunas piezas no representan colores estridentes, pero celebran igualmente la música y la danza de las formas.

Algunas piezas no presentan colores estridentes, pero celebran igualmente la música y la danza: Tacones rumberos. Entre notas y flautas, Que me lleva la música compadre. Destaca su sobriedad y son menos barrocas, pero no niegan la cruz de su parroquia. Lo mismo ocurre con otras resueltas en tonos verdes, sumamente hermosas.

Estas pinturas que en buena medida parecen coreografías, producen un impacto estético inmediato  y sus categorías son la belleza y sensualidad. Aunque no por ello renunciar a indagar códigos diferentes, como se aprecia en obras, como los novios, que experimentan la deformación de los rostros, a la manera de los expresionistas de entreguerras, Dalia Monroy pertenece a una generación que experimentó el cambio der paradigma en el arte, a finales de los 80 del siglo pasado. A diferencia de no pocos colegas suyos que optaron por la instalación o el arte conceptual, ella se mantuvo fiel al medio de la pintura. Potros más continuaron también en este medio intentando incorporar elementos teóricos o tecnológicos, para ir de acuerdo con los tiempos. Ello continuó por un camino que sin duda es el más congruente con su energía, con su visión de la vida, del arte, de lo mexicano. Celebro ese hecho con sus músicos al ritmo de Lágrimas negras, Pícara bohemia, y sueño sonero. Celebro también con su deliciosa y prolija pintura, y desde luego, celebro con ella, mi admirada amiga.

Luis Rius Caso