Serie: Sonoridad imaginaria y cadenciosa
RE ORQUESTANDO LA GRAN SINFONÍA DE NUESTRO MUNDO
Desde sus lejanos orígenes y hasta nuestros días, arte y artistas han ido recorriendo poco a poco miles de senderos; unos aparentemente más tortuosos y enigmáticos que otros; algunos de ellos estrechándose abruptamente hasta desembocar son sin antes alimentar una tremenda frustración – en callejones sin salida; otros bifurcando una y otra vez ad infinitum, disparando génesis de nuevos campos de visibilidad. Así he aprendido desde un principio, la compleja cartografía del arte abstracto en su despliegue histórico-cultural: un arte siempre vivo, por ende, siempre renovado y renovando de paso la piel de este mundo al cual se va dando visibilidad que apunta a lo posible, a lo imprevisto, a lo impensado, rechazando todo tipo de compromiso con lo necesario mimético y sus obvias limitantes. Sobre estas bases se fueron desarrollando tejidos y más entretejidos de campos iconográficos, desafiantes, mutantes, además de sistemas de representación en des y re territorialización constante incluyendo inadvertidos replanteamientos de los usos tradicionales de técnicas y materiales. Tal es la profunda riqueza de un legado que, generación tras generación, se reinventa y reestructura con los años, cumpliendo a su manera con el principio arraigado en la antigua cultura griega según el cual, un verdadero pintos, nunca debe pintar lo que ve sino más bien anticipar lo que se verá. Y si cada artista ha urdido de manera siempre muy personal la trama de lo que puede llegar a convertirse en un nuevo capítulo del gran libro de la realidad de este mundo, en el caso particular del trabajo de la artista poblana Dalia Monroy, aquella labor se ha venido realizando siguiendo los compases de un danzón, quizá el mismo día que estaba escuchando a la hora de trabajar en su último lienzo y cuya rítmica ayudó, sin la menor duda, a la construcción y representación de su peculiar secuencia iconográfica y cromática.
Tengo el alma hecha ritmo y armonía; todo en mi ser es música y canto,
De manera general, las artes visuales de la tradición occidental han incluido con cierta frecuencia la representación de instrumentos musicales en el manejo de sus campos iconográficos, o sea o no a manos de ángeles músicos, lo que ha permitido documentar no solamente la invención de nuevos instrumentos musicales o el cambio en sus características formales sino también, como en el caso del laúd, el descubrimiento y posterior apropiación de instrumentos pertenecientes a otras tradiciones culturales. Probablemente sea durante el periodo barroco que la iconografía musical llega a incorporarse a la producción de cualquier tipo de imagen, preferentemente pictórica o textil. Pero después de un largo silencio, no es sino hasta el cubismo de Georges Braque y Pablo Picasso que vuelve a generarse una nueva empatía entre el mundo musical y la pintura. Sobra decir que los instrumentos musicales llegan a desempeñar un papel que los instrumentos musicales llegan a desempeñar un papel absolutamente protagónico en la imaginería producida por los dos artistas y también de manera muy directa, en las investigaciones realizadas sobre nuevas maneras de enfrentar la representación de la volumetría y del espacio. Algo de esta fuente iconográfica bebió Dalia Monroy, aunque en su caso, a los instrumentos musicales no le está asignada la vocación de ser parte de un documental visual o experimental sino la de cumplir su función tan original como esencial: producir sonidos para crear música.
Desde el réquiem tristísimo de llanto hasta el trino triunfal de la alegría
Definitivamente, es un México dominantemente festivo el principal protagonista de los grandes lienzos de Dalia Monroy. Probablemente, otros artistas contemporáneos han de considerar que el objetivo de su trabajo no puede desligarse de la denuncia de algún tipo de ´problemática social de actualidad, una opción que se justifica tanto, finalmente, como el hecho de abocarse a la representación de otra faceta del país, la de un México en que se disfruta la vida. Lo que sella, de}icho en otros términos, la reivindicación de una necesaria heterogeneidad de la producción plástica asociada comúnmente a la idea de la libertad de creación, así como en otros contextos se piensa en términos de libertad de expresión. De ahí que, en cada lienzo, Dalia Monroy abre una ventana sobre el quehacer de la gente ordinaria poseedora de un alma música- así como la suya también- sean las comadritas o los novios, por ejemplo sean, obviamente, los mismos músicos. Y en los pinceles de la artista nos dejan ver l lo que se ve en este preciso momento de abrir la ventana; una pareja bailando o escuchando música o interpretándola, siempre pri sur le vif en el marco de una cierta intimidad. No cabe duda que la elección de este sistema de construcción de la imagen se parece de cierta manera a un instantáneo de corte casi fotográfico. Pero el código de representación asociado en este caso al movimiento que se desea sugerir, apuesta por un corte de inspiración neofigurativa, flexible por ende a la sobre posición de planos a la imagen proyectada por los cuerpos o el entorno en el que se encuentran. Sin olvidar la gama cromática de colores intensos con la cual se cierra el proceso de re orquestación de la gran sinfonía de nuestro mundo bajo la batuta de Dalia Monroy.
Versos en cursiva perteneces al poema Alma música de Nicolás Guillén.
Laurence Le Bouhellec