SERIE: Sonoridad imaginaria y cadenciosa

SONORA Y DANCÍSTICA

Ut pictura poesis es la frase con que Simónides de Seos en su epístola a los Pisones alude a que la poesía debiera ser una pintura parlante, así como la la pintura una especie de poesía muda. Ambas en pro de la viveza imitativa. Así pues, la obra de Dalia Monroy logra aportar con indudable maestría una nueva sentencia a la Historia del Arte mexicano: Ut musicorum  pictura, ya que la pintura, como la música, se conforma de melodía, armonía y ritmo, elementos que en la obra de nuestra artista poblana, pueden verse manifiestos no sólo en términos iconográficos, sino también formales, al servicio todos ellos, de la viveza sonora y dancística.

En este sentido, la sonoridad se abre camino para experimentarse estética e integralmente de manera sensorial y emocional, pues en cada obra, tanto en colorido como el exacerbo compositivo, logran atraer de inmediato a nuestros ojos, para posteriormente sumergirnos en la ilusión del movimiento y la cadencia presentes en cada gesto, trazo y pincelada. Posteriormente, la identificación de instrumentos músicos y bailarines nos invita a evocar un ambiente de tertulia y fiesta donde el sonido y la danza adquieren un indudable protagonismo, a partir de un lenguaje neofigurativo exquisito, que sin llegar a explicitar las formas reales, sugiere en cambio, estimulando así la interpretación y las vivencias individuales der cada espectador.  En la obra de Dalia Monroy, cada pieza canta por sí misma, pues representa una extensión creativa entre   la pintura y la música, sin embargo, posee además el potencial de generar melodías  infinitas, pues incita al espectador a evocar las propias, sus instrumentaciones y coreografías. Disfrutemos pues de este maravilloso despliegue polifónico y dancístico acertadamente titulado ‘Sonoridad imaginaria y cadenciosa’.

Julio Glockner Rossainz