Serie: Contradanza y son

Así como Rimbaud nos mostró la gama cromática de las vocales en la poesía, Dalia Monroy nos deja escuchar a través de su pintura la intensidad musical de los colores.

En sus cuadros, el color y la forma se integran poco a poco, de manera acompasada, hasta hacer estallar las delicadas geometrías visuales en melodías sugestivas, de un ritmo suave, cadencioso y preciso: el ritmo voluptuoso del danzón.

Sin necesitar valerse de la capacidad descriptiva de la figura. Dalia Monroy recurre a la contundencia expresiva de los materiales con los que trabaja para crear atmósferas coloridas, plenas de textura y relieve, que nos hacen evocar la embriagadora seducción del trópico, la noche y el cálido abrazo al centro de una pista de baile.

La obra de Dalia Monroy es siempre invención fresca, renovación constante de los símbolos de un mundo reflejado y trascendido por sus formas más elementales; caleidoscopio en cuyos diseños en ´posible adivinar cualquier aspecto de nuestra experiencia: la pasión, el amor, los sueños y el recuerdo de paisajes arquitecturas y seres conocidos.

Dalia pinta con la misma emoción con los que los primeros hombres empezaron a nombrar las cosas. Nuestra artista sabe, por ejemplo, que para evocar a un ave hay que nombrarla por sus colores y su trino; por eso su pintura, como el mundo, está habitada por luces y sonidos.

Gerardo Estrada
Director General
Instituto Nacional de Bellas Artes