Serie: El color del ritmo o cómo mirar, sentir y seducir

Trabaja al ritmo de la música, su temperamento está guiado por la cadencia de lo que escucha. Al levantarse hay dos codas en su mente el color  y una canción, y son lo mismo, despertar con un tono musical o cromático. Dalia Monroy ha hecho de la música una inspiración  permanente, ella como Nietzsche sabe que la música ‘Es el único arte capaz de amarse a sí mismo’ entonces une su pintura a la música, cada obra es una partitura que exige otra lectura, otra contemplación, las obras de Dalia son para bailarse. El movimiento del pincel, las texturas de los pigmentos, la pausa, el silencio de mirar la obra tratando de escuchar qué es lo que falta. Dalia es pintora, y cuando pinta es compositora, coreógrafa, un espíritu que no limita su creación.

La historia de dos amantes o sinestesia

La música y las artes visuales han sido amantes y deudores, toman de sí la esencia de las emociones y las comparten. En el renacimiento, el taller de Leonardo da Vinci era frecuentado por músicos y  cantantes que interpretaban mientras el genio pintaba. El color es parte del lenguaje de la música, ese  tono en la pintura significa lo mismo, la intensidad a la que llegará un color para expresarse, para emocionar. En 1911 la música cambiaría su noción de presencia, Kandinsky asistió por primera vez a un concierto de Arnold Schoenberg, el público estallaba, el ritmo había desaparecido. Kandinsky emocionado invitó al compositor vienés a visitar la exposición del colectivo Blue Rider, El Jinete Azul, del que formaron parte  con Paul Klee y Franz Marc, que detonaría el movimiento del Expresionismo alemán. En 1911 el pintor ruso publicó su ensayo sobre Lo espiritual en el arte, planteó la relación de cada color con un instrumento musical, por ejemplo: el amarillo es sonido de la trompeta, el azul de la profundidad del chelo. La música como abstracción intelectual está completamente unida a la pintura que es otra abstracción pura, desde cualquier estilo, toda obra plástica es abstracta. Entonces dice Kandinsky, que el pintor debería crear composiciones visuales a partir  composiciones musicales. La unión de los dos sentido, el oído y la vista, dirigidos a la creación de obras conjuntas darían origen a algo más, a la libertad de aceptar que las artes están unidas entre sí, que no pueden trabajar de manera aislada y que son amantes en la orgía absoluta de la creación sin límites.

Dalia Monroy y la lección de Kandinsky

Se escucha un danzón, el olor de los pigmentos se propaga con las memorias de cuerpos que bailan, Dalia pinta. En el lienzo unos tacones rumberos, Dalia es la alumna desobediente de Kandinsky, ella es rebelde porque le da la gana. No es abstracta y no es figurativa, es ella, es lo que escucha, es su propia sinestesia. Tacones rumberos que han caminado, bailado, mujeres que se han perdido y encontrado en medio de un salón de baile. Dalia simboliza ese caminar entre el amor y la música en los zapatos, en el baile, es esa coincidencia nunca realizada de ese día es el primero, porque todos los que bailamos tenemos pasado, un largo pasado. Capa sobre capa, pulidos, colores que se cortan con líneas, y Dalia baila mientras pinta, y canta mientras baila, Dalia no obedece a Kandinsky, no escucha a ese aburrido desafinado de Arnold  Schoenberg, ella escucha danzones. La noche  larga, las canciones y poesía. De Gardenias y Bohemia, no es su fuente el color, ahora podemos alcanzar las notas del perfume, oler esas gardenias como una canción olvidada, ese pequeño ramo ofrecido a la salida de un salón de baile, ese olor que dura una vida y cada vez que llega regresamos a esa noche. En esa pintura Dalia recrea el movimiento de la seducción con una composición rota, el pianista de espalda, en su propia vocación, la cantante, trompetas, el bajo, es la entrega al ritmo, es el romanticismo que no se arrepiente de sentir y sentir hasta que el cuerpo se rompa.

Color, distorsión y pasión

El sufrimiento y el placer nos arrojan al arte, las pasiones son la sangre del arte, estar sometidos a lo que sentimos nos impulsa a escondernos detrás de la música, de la pintura, de eso que nos dice que la realidad no termina  en donde empiezan nuestras obstinaciones, al contrario, con el arte, podemos dejar la piel descubierta, las heridas tienen sabor de una canción. La música nos hace cantar, nos hace llorar, nos hace pintar.

En 1941 una mujer desnuda, con los senos en movimiento, las caderas grandes lanzadas a un lado, los brazos levantados, limpia, pura, morena, gozosa, baila y baila, Danza al Sol de Diego Rivera, se sale de los salones y lleva la danza a un rito primigenio y pagano, es erotismo, es salvaje es libre. El chango García Cabral inventa el glamour del antro, tangos,  burlesque,  charros, rancheras, blues, jazz y sintetiza la danza en colores primarios, el ritmo nos borra la memoria, nadie recuerda con quien bailó ayer.

El salón de baile de Dalia es su estudio, en él suceden las fiesta de color y formas, los personajes de sus pinturas los podemos reconocer como a esos visitantes habituales de la pista de baile, esos que son puntuales a la cita que trabajan toda la semana para llegar el sábado con un traje nuevo, con un vestido llamativo, a buscar  el amor que nunca aparece. Los Novios y Los Boleros, es la pareja eterna que cambia cada día, el pianista que interpreta esas canciones que sabe de memoria, que siempre le piden porque  ¿ Quién no ha estado enamorado?, y a su lado una mujer, la de esa noche. El dibujo que delinea cada trazo, que divide los colores, composiciones compactas, los elementos justos para contarnos una historia, y en ese orden exacto, Dalia e s capaz de contarnos una historia, y en ese orden exacto, Dalia es capaz de transportarnos, de hacer de esa canción una tonada que se clava en la cabeza y no podemos olvidar, ¿cuál canción? la de esa pintura, esa imagen, esas miradas.

Dalia, tienes nombre de canción

Debajo del azul hay rojo, debajo del verde hay amarillo, encima de todo hay anaranjado, los brazos se unen a los instrumentos, las miradas tienen vaguedad del que baila, nada  está definido en estas pinturas, todo, cada detalle exige horas de trabajo, y Dalia no se cansa, ella  está   bailando. Guaracha y Danzón, ¿Quién es Dalia Monroy  ? Es una inspirada, que trabaja sus lienzos con devoción, que une cada tono en fugacidades que nunca son definitivas, uno sobre otro, los oculta, los saca, en cada pintura hay una mezcla cromática y musical que canta  lo que queremos escuchar. La pintura de Dalia está  guiada por ese instinto emocional que exige de todos sus sentidos, ella escucha el color, lo oye decir donde debe estar, no es realista, es lúdico. A veces nos recuerda el cubismo, a veces el expresionismo alemán, nos lleva a una cantina y nos deja poner una moneda sobre un piano cansado de tanto tocar. El ritmo es virtuoso, la obra de Dalia es el resultado de décadas entregadas a la pintura, es oficio y es ella dirigiendo la orquesta de su color, de su dibujo, en una partitura que no tiene forma de explicación racional es emocional, es vibración, es su vida.

Avelina Lésper